LOS ESPACIOS INDUSTRIALES EN ESPAÑA.

LOS ESPACIOS INDUSTRIALES EN ESPAÑA.
PROCESO DE INDUSTRIALIZACIÓN EN ESPAÑA.
La industrialización se enmarca en el contexto general de la denominada
Revolución Industrial. Con relación a los países europeos más avanzados, la
industrialización española fue un proceso discontinuo, marchó con retraso y estuvo muy
polarizada en torno a los núcleos iniciales.
Los antecedentes de la industrialización.
Desde finales del siglo XVIII, ilustrados y reformistas alzaron su voz a favor del
desarrollo y de la industrialización del país. España reunía unas condiciones favorables
para la implantación de la actividad industrial moderna, pues contaba con una
producción artesanal diversa y rica, con las Reales Fábricas, con recursos minerales
suficientes para el abastecimiento en cantidad y calidad de la industria nacional, con
materias primas minerales y de origen orgánico, etc. Como factores negativos para la
instauración de los nuevos sistemas industriales acusaba los problemas de la
insuficiencia energética (carbón), la escasez de recursos tecnológicos y humanos, una
excesiva mentalidad rural, la ausencia de mercado interior, etc.
Con todo, y pese a que la nación vivió avatares tan perjudiciales para la naciente
industria como la Guerra de la Independencia, la emancipación de las colonias
americanas o las guerras carlistas, en la primera mitad del siglo XIX tuvieron lugar
algunos hechos importantes para la industrialización, como la construcción de los altos
hornos en 1832 en Marbella, Málaga, Barcelona y las fábricas textiles de Cataluña.
Los inicios del despegue industrial.
En la segunda mitad del siglo XIX se consolidó en Europa la Revolución
Industrial. En España, la industrialización avanzó hasta alcanzar cotas de importancia,
pero evidenció un notable retraso con relación a los países europeos y una gran
dependencia tecnológica y financiera de los mismos.
Junto a la industria siderúrgica y textil, quizá el logro más importante fuese el tendido
de una amplia red ferroviaria que en 1865 alcanzaba ya los 4663 kilómetros, aunque
en su mayor parte eran ferrocarriles construidos por empresas y capital extranjero e,
incluso, con material importado, pues nuestra industria tenía una capacidad de
producción muy limitada.
La red de ferrocarriles estuvo al servicio de la explotación minera de nuestro subsuelo,
también protagonizada por empresas de nacionalidad británica, francesa, belga, etc., que
gozaron de las facilidades de acceso a la explotación minera que les confirió la Ley de
Bases de la Minería, promulgada en 1868. Como esta ley permitía las concesiones
mineras a perpetuidad y, además, coincidió en el tiempo con la legislación
desamortizadora-, fue calificada por analogía como la desamortización del subsuelo.
Ni que decir tiene que las facilidades comentadas permitieron una explotación
intensísima de nuestras minas en beneficio de la industria europea. España, que era el
paraíso de los minerales metálicos, se convirtió en país exportador de materias primas
minerales, quedando a merced de intereses ajenos y sin capacidad para aprovechar suriqueza mineral en beneficio propio.
España era el primer país productor de hierro, que se exportaba en su mayor parte a
Gran Bretaña desde el puerto de Bilbao. Los barcos que lo transportaban volvían vacíos,
pero pronto aprovecharon el flete de retorno para trasladar hasta el puerto de origen el
carbón que precisaba la industria siderúrgica vizcaína. Esta facilidad para el
abastecimiento de energía y la proximidad de los yacimientos de hierro hicieron florecer
la industria siderúrgica vasca en detrimento de los núcleos siderúrgicos de otros lugares
como el Bierzo (León), Málaga o Asturias, que en adelante no pudieron hacer frente a la
competencia bilbaína.
La industrialización española avanzó bajo el signo del proteccionismo y a un ritmo
lento y plagado de discontinuidades. A ello contribuyó el acusado fondo rural del país,
el impacto de la desamortización civil, la ausencia de una burguesía emprendedora, la
debilidad del mercado interior, etc., así como la incapacidad tecnológica y la situación
de España como país periférico respecto a la Europa industrial a la que se exportaban
materias primas y de la que se importaba capital de bienes de equipo.
La producción industrial española estuvo muy orientada hacia los bienes de consumo y
sustentada, en gran medida, en las industrias siderúrgica, metalúrgica y textil.
El mapa industrial comenzó a adquirir unos trazados nítidos en los que ya se advertía la
polarización en torno a Vizcaya, Barcelona y Madrid, y en otros puntos del interior
peninsular que desarrollaban una industria de base agraria.
El crecimiento industrial hasta la Guerra Civil.
Durante el primer tercio del siglo XX, la industria española se afianzó
notablemente gracias a la protección arancelaria y se consolidaron sectores
industriales como el metalúrgico, el textil o el químico, impulsados por el crecimiento
de la demanda y la consolidación del mercado interior.
El proceso de industrialización conoció los efectos positivos de la repatriación de
capitales tras la pérdida de las colonias, de una mentalidad más emprendedora y de
los beneficios comerciales derivados de la Primera Guerra Mundial.
A pesar de que continuó la explotación minera por parte de las empresas europeas, la
Primera Guerra Mundial permitió el incremento de las exportaciones agrarias
industriales a los países contendientes, lo que repercutió en una capitalización muy
provechosa para nuestra industria; la productividad industrial mejoró y se dio un
considerable impulso a la construcción de obras públicas durante la dictadura de Primo
de Rivera, particularmente de carreteras, que resultó fundamental para la conexión de
los mercados interiores.
En este periodo, las empresas extranjeras abandonaron la explotación de las agotadas
minas españolas, y pese a los indudables progresos, la industria española seguía
acusando el retraso y la dependencia de Europa. El mapa industrial se consolidó sobre el
germen de los focos anteriores, de modo que empezaron a manifestarse los
desequilibrios territoriales que alcanzarían su plenitud en las décadas posteriores.
La reconstrucción industrial de la posguerra.

La Guerra Civil truncó la fase expansiva de la industria española. A su término
hubo que afrontar la reconstrucción, la recuperación económica y la puesta en práctica
de una política industrial que viniera a resolver las graves carencias del momento, lo
cual se abordó en un contexto de autarquía, es decir, de autosuficiencia económica.
En 1941 se creó el Instituto Nacional de Industria (INI), con una fuerte participación
de capital estatal en los sectores básicos de la industria (siderurgia, naval,
petroquímica).
A partir de 1950 la situación fue cambiando y se logró una cierta recuperación en los
niveles de renta, mejoró la situación de la posguerra y la economía española encontró
cierto alivio a partir de las negociaciones con Estados Unidos y del ingreso en la ONU.
Se puso fin al aislamiento y España se integró gradualmente en la economía
internacional, al tiempo que la falta de capital fue suplida por las inversiones extranjeras
que comenzaron a llegar.
La nueva estructura industrial se caracterizó por la dualidad, es decir, por la existencia
de un sector dominado por la gran empresa de capital público (Hunosa, Ensidesa, y
demás empresas pertenecientes al INI) y orientado a bienes de equipo, y otro sector
integrado por la pequeña y mediana empresa de capital privado, dedicado a las
industrias de transformación y de bienes de consumo.
Desde un punto de vista espacial, la política industrial favoreció la consolidación de
algunas regiones industriales en detrimento de otras; así, se polarizó claramente hacia
Cataluña, País Vasco y Madrid (41,5% del empleo) en perjuicio de otras que se
configuraban como áreas subdesarrolladas, las cuales comenzaban a padecer los efectos
negativos de los desequilibrios y del éxodo rural.
Pero el modelo industrial acusaba graves deficiencias y se mostraba incapaz de resolver
las carencias, de ahí que a partir de 1959 se abordase el desarrollo industrial y
económico siguiendo las directrices del denominado Plan de Estabilización.
El impulso industrializador de los años 60.
El período entre 1959 y 1975 supuso un crecimiento económico sin
precedentes, al que contribuyeron una serie de factores favorables, como la expansión
generalizada de la economía capitalista, la llegada de capital extranjero, la instalación
de grandes empresas multinacionales, etc. Al mismo tiempo, España recibía las divisas
que aportaban turistas y emigrantes, con las que hizo frente a la compra de petróleo, a la
importación de bienes industriales y a la nivelación de la balanza de pagos.
El estado puso en funcionamiento los planes de desarrollo y una política regional
basada en los polos de desarrollo y promoción, entre los que destacaron los de Huelva,
Córdoba, Granada o Burgos.
A pesar de que los planes de desarrollo no dieron los resultados previstos, se
consiguieron objetivos muy importantes, el más notorio de los cuales, sin duda, fue que
el PIB alcanzó un índice de crecimiento anual en torno al 7%.
La industria española mejoró notablemente y alcanzó un alto grado de diversificación
en su producción de bienes de equipo, de uso y de consumo, aunque siguió acusando los
efectos negativos de la gran dependencia tecnológica, de las importaciones y de una
inadecuada estructura empresarial.

El desarrollo industrial de los años 1960 se localizó en las regiones que tenían mayor
tradición industrial y en sus áreas adyacentes, lo cual agravó los desequilibrios
regionales. Se generó una dicotomía entre los tres espacios más industrializados
(Cataluña, País Vasco y Madrid), que concentraron casi las tres cuartas partes de las
inversiones multinacionales y del empleo recién creado, y, por otra parte, la Meseta,
Galicia, Extremadura y Andalucía, que acusaron una pérdida de significación industrial.
El modelo industrial de la década de 1960 hizo que aumentaran las diferencias entre
regiones ricas y pobres, lo que incidió en los procesos demográficos de emigración y de
éxodo rural que vivió la población española y que vinieron a incrementar aún más los
propios desequilibrios.
Al final del período, la industria española experimento una profunda crisis, al ser
tributaria en exceso de sus deficiencias estructurales y de la dependencia energética. El
encarecimiento de la energía, causado por la gran subida de los precios del petróleo
en 1973, incrementó los costes de producción.
Crisis y reestructuración de la industria española.
La crisis de la industria que afectó al mundo occidental a partir de 1973 también
afectó a España, donde se presentó con cierto retraso. Las causas de dicha crisis en lo
que a España se refiere, pueden catalogarse de externas, es decir, ajenas a la industria, e
internas, o relacionadas con las características de la misma.
Respecto a las causas externas, la primera y principal fue el encarecimiento de los
precios del petróleo, cuyas consecuencias fueron gravísimas para España, debido a su
dependencia energética y al incremento experimentado por el consumo de petróleo.
Igualmente, contribuyeron otros factores, como la mundialización de la economía, el
incremento de la competitividad, la emergencia de nuevos países industriales y el
agotamiento del modelo industrial y del ciclo tecnológico, que dio paso a una nueva
fase (la tercera revolución industrial), caracterizada por las nuevas tecnologías y por los
nuevos sectores industriales derivados de ella (informática, electrónica, nuevos sistemas
de producción, etc.).
Entre las causas internas cabe destacar la fragilidad resultante de la dependencia
energética y tecnológica, y de las dimensiones inadecuadas de las plantas industriales, el
endeudamiento, los desequilibrios entre sus sectores productivos y espaciales, etc. A
todo ello hay que añadir el delicado momento en que se hizo patente la crisis: el ocaso
del franquismo y el complicado camino que comenzaba a recorrer la sociedad española
hacia la transición democrática. La crisis se agravó ante el retraimiento de las
inversiones industriales, a la espera de la evolución política, la caída de la productividad
y la tardanza en adoptar soluciones.
La respuesta a la crisis no podía ser otra que la reestructuración de la industria. Con
este fin se adoptaron en 1984 disposiciones en una doble dirección: reconversión de los
sectores industriales más afectados por la crisis y reindustrialización, es decir,
recomposición del tejido industrial en las zonas donde éste había resultado
especialmente dañado.
La reconversión industrial se llevó a cabo sobre los sectores maduros de la industria:
siderurgia, construcción naval, industria textil, etc. Con ella se pretendía racionalizar la
producción industrial adaptando la oferta a la demanda, sanear las finanzas adecuar el

tamaño, modernizar la industria, adoptar nuevos sistemas de gestión, etc. En buena
medida, la reconversión afectó a las grandes empresas creadas en la etapa desarrollista,
cuyo tamaño no era el apropiado para nuestras necesidades y posibilidades de
exportación.
Una segunda dimensión de la reconversión fue la apuesta por los sectores más
dinámicos, por lo que se puso énfasis en las industrias de automoción, en las químicas y
en las agroalimentarias, con capacidad para activar otros sectores económicos, y en las
actividades de alta tecnología, de gran importancia para el futuro.
Los procesos de reconversión industrial resultaron eficaces, aunque no en la medida
que se pretendió en un primer momento, pues al llevarlos a la práctica desaparecieron
muchos puestos de trabajo a consecuencia de las reducciones de plantilla que exigían
los planes de viabilidad.
Paralelamente se procedió al desarrollo de los programas de reindustrialización, para
lo que se crearon las Zonas de Urgente Reindustrialización (ZUR). Los nuevos planes
pretendían recomponer el tejido industrial sobre las bases de la modernización
tecnológica y de la implantación de nuevas actividades de futuro. En conjunto, puede
decirse que no dieron todos los resultados esperados, pues concentraron la inversión y
agravaron los desequilibrios, fosilizando el modelo surgido en el siglo XIX, que fue
consolidado en el periodo franquista.
A partir de 1991 asistimos a una nueva reconversión industrial, impuesta por Europa,
y desde mediados de la década de 1990 se asiste a una recuperación económica bien
perceptible en todos los sectores.
CARACTERÍSTICAS GENERALES Y DISTRIBUCIÓN TERRITORIAL DE LA
INDUSTRIA ESPAÑOLA
Tras el ingreso de España en la Unión Europea, la política industrial española
sigue las directrices que emanan de la Unión, y las integra en sus propias iniciativas y
en las que presentan las comunidades autónomas. Sus objetivos generales están
encaminados a resolver los problemas estructurales que presentan las industrias en un
mundo en continua mutación y a atenuar o corregir los desequilibrios regionales.
La política comunitaria incorpora un conjunto de medidas y de actuaciones que se
recogen en el V Programa Marco de la Unión Europea (1998-2002) y entre cuyas
líneas de actuación destacan el fomento de la investigación, promoviendo los programas
de I+D (investigación y desarrollo), las inversiones en formación de mano de obra y
métodos de gestión, etc. Asimismo, se pretende el fomento de la cooperación
internacional para el desarrollo de proyectos e iniciativas transnacionales, la innovación
y la ayuda a pequeñas y medianas empresas, el surgimiento de centros comunes de
investigación, transferencias tecnológicas, etc. Todo ello, en un contexto económico en
el que se aspira a la libre competencia como característica de mantenimiento del
sistema.
En España, la política industrial tiene sus antecedentes en las actuaciones llevadas a
cabo por el INI, en los Planes de Desarrollo. A partir de la integración europea se
intensificaron las reconversiones para adaptarse a las exigencias comunitarias y
comenzaron a percibirse en la industria algunos efectos de la convergencia, tales como
el desarme arancelario y la llegada de subvenciones y ayudas para incentivar los sectores o espacios en crisis y las zonas desfavorecidas. La nueva situación ha precisado
del desarrollo de programas de ayuda a las Pymes para mejorar la competitividad y ha
dado paso a un amplio programa de privatizaciones de empresas estatales.
Al mismo tiempo, las comunidades autónomas han puesto en funcionamiento
programas para corregir sus propios desequilibrios internos y planes de fomento
industrial para favorecer la difusión espacial y propiciar nuevos procesos industriales
basados en el desarrollo endógeno.
La industria española ha tenido una tendencia muy acusada a la concentración
en unas áreas y en unos espacios determinados. Este fenómeno de la polarización
industrial no ha sido exclusivo de España, sino que fue un modelo bastante
generalizado por la influencia que ejercieron la disponibilidad de materias primas y
fuentes de energía en la localización industrial En los inicios de la Revolución
Industrial la localización de los establecimientos industriales gozó de cierta dispersión
geográfica, pero a medida que se asentó la industrialización, se fueron seleccionando las
zonas según sus ventajas comparativas. Se consolidó así un modelo de ocupación
industrial del espacio con una clara concentración en el País Vasco, Cataluña y
Madrid que, a medida que iban aumentando en tamaño e importancia, atraían nuevas
empresas y fábricas que se beneficiaban de la proximidad a otras industrias conexas, de
la concentración de la demanda, de la dotación de servicios e infraestructuras, etc.
Este modelo alcanzó su plenitud en el decenio de 1965 a 1975, época en la que se
concentró el mayor crecimiento industrial en las áreas metropolitanas más grandes.
Contó con los efectos derivados de los planes de desarrollo, que incidieron en mayor
grado sobre las grandes multinacionales del sector químico y automovilístico y, en
último término, por las medidas adoptadas en la reconversión industrial, que
concentraron las inversiones en estos espacios.
El modelo anterior comenzó a variar en los años 1980 al surgir una serie de factores
negativos (encarecimiento del suelo en las áreas industriales, perjuicios derivados de la
saturación e incremento de costes, déficit de infraestructuras, etc.) frente a los cuales se
ofrecía como solución la descongestión industrial y la búsqueda de nuevos
emplazamientos. A ello contribuiría la mejora generalizada de los sistemas de
transporte y comunicaciones, de la accesibilidad a los mercados, y el conjunto de
medidas de atracción puestas en práctica de los gobiernos regionales, además de las
nuevas posibilidades de localización que empezaban a ofrecer los espacios de
industrialización endógena. Todas estas circunstancias han propiciado la aparición de
nuevos procesos territoriales entre los cuales el más notable es el de la difusión espacial,
a partir de las zonas industriales congestionadas.
Por ello, la industria española se articula hoy, en su dimensión espacial, en torno a los
centros industriales, que constituyen el soporte de las regiones de mayor y más
temprana industrialización, a los enclaves en el espacio rural y a los ejes industriales,
que enlazan las áreas industriales aprovechando las ventajas de una situación
privilegiada.
El nuevo mapa industrial de España es reflejo de la trayectoria seguida en las
diferentes épocas y en los recientes procesos de ocupación del espacio. En él se
advierten, entre otras cosas, las siguientes características:
1) Consolidación de Madrid y Barcelona como centros neurálgicos de la
industria Española. Sus respectivas áreas metropolitanas han consolidado una
potente y diversificada industria que en los últimos años ha experimentado dos
tendencias de signo contrario: por una parte, la crisis y la reconversión de
importantes sectores industriales y, por otra, la revitalización de sus tejidos
industriales a partir de la instalación de establecimientos dinámicos y de sectores
de alta tecnología.
2) Declive de los espacios tradicionales de la industria española, particularmente
los situados en la cornisa cantábrica, que se hallan en proceso de mutación y
retroceso, a consecuencia de la crisis que afectó a los sectores maduros de su
industria (metalurgia, petroquímica, naval), de gran implantación en este espacio
geográfico y cuya caída ha tenido repercusiones muy negativas en las pequeñas
y medianas empresas relacionadas con ellos. El declive ha afectado a Asturias, a
Cantabria y, con especial intensidad, al País Vasco, que poco a poco empieza a
recuperar las tasas de crecimiento industrial que había perdido. Asimismo, esta
situación ha influido en áreas del interior, tributarias de algunos de los sectores
antes mencionados (Puertollano, en Ciudad Real; Ferrol, en A Coruña; la bahía
de Cádiz, etc.).
3) Espacios industriales en expansión, entre los que destacamos las áreas
periurbanas y los ejes de desarrollo.
En numerosas ciudades españolas se han consolidado áreas periurbanas de
gran importancia industrial, en las cuales las industrias se han instalado al
amparo de la proximidad a los centros urbanos, la accesibilidad a los mercados y
a los centros de distribución, las facilidades de instalación, las dotaciones de
suelo industrial, la situación estratégica de las vías de comunicación, etc. Estas
instalaciones forman franjas o coronas que concentran industrias diversas y de
variado tamaño y que suponen un espacio de transición entre la ciudad y el
espacio rural.
Los ejes de desarrollo son el resultado de los procesos de difusión espacial de la
industria a lo largo de corredores que comunican áreas industrializadas; los más
dinámicos son el eje del Ebro y el eje del Mediterráneo. El primero aprovecha
los beneficios geográficos de su situación entre el País Vasco y Cataluña, y la
accesibilidad a la Meseta desde el valle del Ebro. El eje Mediterráneo se
extiende desde Girona hasta Murcia y acoge una industria muy diversificada que
se beneficia del mercado que le proporciona la altas densidades de población en
el litoral. Además de estos dos ejes, hay otros interiores, igualmente dinámicos,
como el del Henares, que se extiende desde Madrid hacia el norte. En cuanto a
los ejes regionales secundarios, son buenos ejemplos los de Ferrol-Vigo,
Palencia-Valladolid, del Guadalquivir, etc.
A parte de estos ejes, hay que destacar como espacios industriales en expansión
numerosos núcleos urbanos de tamaño pequeño o medio que aprovechan los
recursos endógenos para su desarrollo industrial.
4) Los espacios de industrialización escasa se corresponden con las zonas
interiores de la Península y algunas periféricas. Distinguimos en primer lugar,
los espacios que fueron objeto de la industrialización inducida y que dieron
lugar a importantes núcleos industriales, como Zaragoza, Valladolid, Burgos y
Huelva-Cádiz-Sevilla; en segundo lugar destacamos una serie de espacios, como
Castilla-La Mancha o Extremadura de manifiesta escasez industrial debido a su
baja densidad de población y a la ausencia de tradición industrial.
FACTORES DE LA ACTIVIDAD INDUSTRIAL ESPAÑOLA.
Los factores que condicionan la actividad industrial en nuestro país son las materias
primas y las fuentes de energía.
• Las materias primas
La industria es el proceso de transformación de las materias primas en productos aptos
para el consumo o para ser utilizados en nuevos procesos industriales. El punto de
partida del hecho industrial es la materia prima que será transformada aplicándole
energía en función de la tecnología disponible y las instalaciones construidas para tal
efecto.
Las materias primas, recursos naturales usados en la transformación, son de naturaleza
variada. Éstas junto con las fuente de energía han sido factor clave de localización
industrial, sin embargo, estas factores han variado con respecto al pasado, dependiendo
en mayor medida de otros factores como los económicos, políticos, ecológicos, etc.
Las materias primas se clasifican:
1) de origen mineral. Se encuentran en la superficie terrestre. Se concentran en
yacimientos y su extracción se realiza en canteras o minas. Encontramos cuatro grandes
grupos:
• Minerales energéticos: se tratan como fuente de energía (eje: carbón, uranio).
• Minerales metálicos: se destinan a industrias metalúrgicas, químicas y de
transformación. (eje: hierro, cobre, oro, plata, cinc,….). Los yacimientos se
encuentran en el zócalo paleozoico y los rebordes alpinos
• Minerales no metálicos: se usan en la construcción y la industria química.
España puede exportar al tener una producción variada, aunque su precio es
menor que los minerales metálicos. (eje: cuarzo, arcilla, caolín, baritina….)
• Rocas industriales: se explotan en canteras (areniscas, mármol, granito, pizarra).
Ofrece dispersión geográfica que coincide con el mapa litológico. Se destinan a
la construcción y su extracción pueden suponen gran impacto ambiental.
Por otra parte tenemos 2) las de origen orgánico. Entre ellas encontramos:
• Materias primas de origen animal o vegetal: lana, leche, lino, girasol,….algunas
de ellas han tenido mucha importancia en la industrialización contemporánea.
• Materias primas de origen forestal: abastecen la demanda de gran cantidad de
madera, de la que carece España.
Estas producciones agrarias siempre se han consumido directamente, pero
posteriormente se consolida la separación entre zonas de producción y las de consumo
por el desarrollo de la sociedad urbana.
• Las fuentes de energía:
La energía es la fuerza que se transforma en trabajo mecánico. Las materias minerales
que se convierten en energía son las fuentes de energía que se clasifican en:
renovables, su uso no compromete su existencia, no renovables, su uso conlleva su
desaparición. Según su potencialidad, las clasificamos en primarias, las que contienen
energía que no puede usarse directamente, sino que es desprendida cuando se
transforma (carbón, petróleo, gas, uranio,…) y secundarias que se manifiesta en forma
de luz, calor, electricidad,…y procede de la transformación de la primaria.
El carbón fue básico en la Revolución Industrial. Es abundante en la naturaleza
encontrándose en las cuencas sedimentarias de la Era Primaria. En España se localiza
en N. y S. de la cordillera Cantábrica (Asturias, León, Palencia); SO de la Meseta
(Peñarroya-Pueblonuevo) y Sistema Ibérico (Teruel).
Durante el siglo XIX su extracción y consumo aumentó ayudado por el proteccionismo
que le defendía de competencia de otros carbones. En el s. XX como es insuficiente, se
recurre al petróleo. En 1973 se reactiva por la crisis del petróleo.
El petróleo es la primera fuente de energía, muy utilizado en automóviles, calefacción,
producción de electricidad. Cada vez se adquiere más en el sistema energético español.
Su intensa búsqueda ha resultado infructuosa porque las condiciones geológicas de
España no propician su formación. Hay algo en Burgos y Tarragona, pero muy poco.
El uranio es el mineral energético más abundante en España. Se encuentra en las
penillanuras occidentales de la meseta, Badajoz, Salamanca,.. se utiliza para energía
térmica pero necesita un enriquecimiento previo y España no dispone de tecnología
adecuada para ello. Hay que hacerlo en EE.UU. o Francia, por lo que somos
dependientes. Desde 1984 el gobierno decide no hacer más centrales nucleares por
motivos de seguridad y el tema de los residuos.
El gas natural es una energía limpia y barata. España inicia el consumo de gas en
1969. Nuestro país produce poco gas (Vizcaya, marismas de Huelva) por lo que tiene
que importarlo de Argelia, Libia y E. de Europa a través de una red de gasoductos para
distribuirlo.
La energía hidráulica es una energía renovable pues su aportación depende de las
precipitaciones anuales. Se obtiene por el agua embalsada en los pantanos. El agua de
cada cuenca depende del clima, por lo que el máximo potencial energético está en el
Norte y el mínimo en el Sur y Este.
Entre las demás fuentes de energía destacamos la eólica que aprovecha la fuerza del
viento. Los aerogeneradores se encuentran por gran parte de la geografía española. Se
usa para electricidad o energía mecánica. La solar se aplica a la producción de calor o
electricidad. La energía por biomasa es obtenida por la combustión de residuos
agrarios, forestales o industriales. La geotérmica, energía calorífica que se desprende
de las aguas termales subterráneas, se utiliza para calefacción. La energía maremotriz,
utiliza la fuerza de las mareas. Son todas fuentes de energía limpias, inagotables,
aunque aún es reducida su producción y algunas están en experimentación.

PRINCIPALES SECTORES INDUSTRIALES Y SU IMPLICACIÓN
AMBIENTAL.
Las actividades industriales se agrupan en torno a sectores que se identifican por
el destino final de los bienes producidos o de acuerdo con la naturaleza u origen de
las materias primas utilizadas.
Según el primer criterio, distinguimos entre industrias de base, de bienes de equipo y
de bienes de uso y consumo.
Las industrias de base ocupan el primer eslabón en la cadena industrial, pues
transforman las materias primas en productos semielaborados que, a su vez, son
empleados como materia prima por otras industrias. Un buen ejemplo serían las
industrias siderúrgica y petroquímica. Las industrias de bienes de equipo producen
máquinas o herramientas, que son utilizadas por otras industrias en sus procesos
fabriles. Las industrias de bienes de uso y consumo transforman materias con distinto
grado de elaboración o productos diversos en bienes que son usados o consumidos
directamente por la población.
Asimismo, los sectores industriales pueden establecerse considerando sus características
generales; de este modo, distinguimos entre los sectores industriales tradicionales, los
sectores dinámicos y los sectores de vanguardia.
a)Entre los sectores tradicionales de la industria española incluimos aquellos que
tuvieron una importancia capital en todo el proceso de industrialización contemporánea
y que se relaciona con los metales.
La metalurgia básica, tanto por ser la base de actividades industriales como por su
dimensión económica, generación de empleo, conexión de otros sectores económicos,
como la minería, etc., constituye uno de los principales sectores de la industria española
La industria metalúrgica más destacada del hierro, es decir, la siderurgia, en sus dos
modalidades: la siderurgia integral, que obtiene acero en los altos hornos a partir del
mineral de hierro, y la no integral, que lo obtiene en hornos eléctricos a partir de la
refundición de la chatarra
La industria siderúrgica se consolidó en el País Vasco, para luego extenderse al
Mediterráneo (Altos Hornos del Mediterráneo) y a Asturias (Ensidesa). Tuvo un gran
impulso en las actuaciones llevadas a cabo por el Instituto Nacional de Industria, que
construyó grandes acerías, explotadas por empresas públicas. Su
sobredimensionamiento con relación a las necesidades españolas fue una de las causas
que originaron su crisis, razón por la cual fue necesaria una fuerte reconversión que
tuvo importantes repercusiones sociales. La siderurgia no integral, en cambio, responde
a una estructura empresarial de menor tamaño y que su ámbito de implantación se
extiende también a Navarra, Asturias y Cataluña.
Muy relacionada con la industria siderúrgica está la de transformados metálicos, que
fabrica una gama de productos que abarca desde la ferretería hasta la maquinaria; va
asociada a la pequeña y mediana empresa y tiene una mayor dispersión espacial,
aunque se localiza preferentemente en los tres hogares clásicos de la industria española:
País Vasco, Cataluña y Madrid.
Mucho más reciente en la cronología industrial es la fabricación de electrodomésticos,
que, por la naturaleza de los componentes que utiliza, tienen una clara filiación con las
industrias metalúrgicas. Ha alcanzado una significación extraordinaria por su condición
de abastecedora de bienes de uso a los hogares modernos. Su expansión fue paralela a
las transformaciones experimentadas por la sociedad en los años 60, a la adopción de
nuevas fuentes de energía para uso doméstico (gas butano, gas propano, gas natural) y a
la generalización de la industria del frío. En principio, fue una industria muy atomizada
en empresas de tamaño medio, aunque después sería reestructurada mediante procesos
de concentración industrial.
La construcción naval es otro de los sectores más importantes de nuestra industria
tradicional. Es heredera de la vieja carpintería de ribera y, aunque los buques siguen
construyéndose en las instalaciones denominadas astilleros, el material utilizado en la
construcción es el acero, que ha permitido el aumento de tonelaje. Por iniciativa del INI
se construyeron grandes astilleros en enclaves significativos del litoral (Ferrol, Cádiz).
Su estructura empresarial era la de grandes empresas públicas (Astano, Empresa
Nacional Bazán) especializadas en la construcción de buques petroleros y graneros, y
con los cuales España ocupó un lugar de privilegio en la lista de países constructores.
Además de los grandes astilleros, existen empresas de menor tamaño dedicadas a la
construcción de barcos de pesca o de recreo.
La crisis del petróleo afectó a la industria de construcción naval; por un lado, se
evidenciaron las deficiencias estructurales de nuestros astilleros, por otro, el
encarecimiento del crudo obligó a transportarlo en barcos de tonelaje medio. A partir de
1990 descendió la construcción de barcos y el sector concluyó una dura reconversión
industrial, que generó desempleo y cuyos efectos sociales trataron de paliarse con
incentivos y concesión de zonas de urgente reindustrialización (bahía de Cádiz).
Los sectores de la industria textil, del cuero y del calzado son, igualmente muy
importantes en el tejido industrial español. La industria textil catalana constituyó uno de
los pilares de la industrialización, aunque con el correr de los tiempos experimentó
cambios profundos, unos relacionados con la sustitución de las fibras orgánicas (lana,
lino, algodón) por fibras de origen químico, y otros relacionados con la reestructuración
de las empresas, que han aumentado de tamaño al concentrarse multitud de pequeñas
fábricas en unidades de producción más competitivas.
La industria de la confección es una rama derivada de la industria textil que ha surgido
a medida que la población demanda confecciones en lugar de tejidos. Está formada por
un enjambre de pequeñas industrias que, al igual que la industria del calzado, se
encuentra muy dispersa, aunque se extiende, sobre todo por las regiones mediterráneas.
b. Otros sectores industriales, como los de automoción, químico y agroalimentario,
presentan un mayor dinamismo, que procede de su condición de abastecedores de
bienes y productos absolutamente imprescindibles en el funcionamiento de la
propia sociedad industrial. Por lo general, son actividades con un alto componente
tecnológico, tributarias de grandes inversiones y capital multinacional, y de
grandes instalaciones fabriles.
El sector del automóvil se desarrolló en España en la década de 1960, siendo, a su vez,
uno de los impulsores del crecimiento económico. Prosperó bajo la protección estatal y

al amparo de las inversiones realizadas por grandes marcas multinacionales y por el INI.
Constituye un sector de gran influencia en la economía, por sus efectos inductores y por
su capacidad de activar las numerosas empresas de las que recibe componentes.
España cuenta con importantes plantas de fabricación de automóviles distribuida por
toda la geografía nacional (Madrid, Barcelona, etc.) y es uno de los sectores
exportadores de nuestra economía. La industria automovilística sufrió los efectos de la
reconversión, que estuvo muy centrada en el saneamiento técnico y financiero, el cual
fue posible con el concurso de inversiones extranjeras y estatales.
El sector químico se articula en torno a la industria petroquímica y a la industria
química de transformación. La primera constituye la química de base, que se lleva a
cabo en grandes complejos industriales, por lo general asociados a las refinerías de
petróleo (Huelva, Algeciras, Cartagena, etc.) Es tributaria de grandes capitales, por lo
común extranjeros.
La industria química de transformación obtiene productos diversos, como pinturas,
fertilizantes, etc., que se elaboran en establecimientos fabriles de mucho menor tamaño.
Estos tienen un alto grado de dispersión espacial, aunque su localización preferente
coincida con las regiones más industrializadas del país: País Vasco, litoral catalán y
área metropolitana de Madrid.
El sector agroalimentario ha irrumpido con fuerza en las sociedades modernas.
Consiste en un proceso de transformación de los productos agrarios impuesto por la
disociación entre zonas productoras y consumidoras. Es un sector que se caracteriza por
la diversidad en cuanto a la naturaleza de los productos, los procesos de transformación,
la estructura empresarial, la distribución geográfica de las fábricas, etc. En general,
predominan las fabricas pequeñas y medianas que coinciden en su mayoría con las áreas
de regadío, aunque también se han establecido grandes empresas multinacionales, cuya
presencia podría ser muy importante en ramas como la de los derivados lácteos, la del
aceite, la del azúcar, etc.
c)A la vanguardia de la industria y con una clara proyección de futuro se hallan los
sectores de tecnología punta, que aportan descubrimientos, nuevos materiales,
sistemas y medios para la mejora de la producción industrial. A partir de estos
elementos, se habla de una nueva revolución industrial. Su importancia radica en la
inusitada importancia que ha alcanzado la tecnología en el mundo contemporáneo,
donde el valor de los bienes industriales no radica tanto en el de sus componentes
materiales como en el de sus componentes tecnológicos.
Se trata de un sector que integra las distintas ramas de la electrónica y su desarrollo ha
sido impulsado por la Administración, pues es completamente imprescindible para en
los restantes sectores industriales.
En lo que a la implicación ambiental se refiere, la industria tiene una serie de impactos
que generan problemas medioambientales. España genera más de 13 millones de
toneladas de residuos industriales, de ellos una cuarta parte son tóxicos y peligrosos.
Todos son factores derivados del proceso de industrialización y producen cambios
en el medio ambiente y degradación ambiental.
Es la atmósfera la que más acusa la contaminación producida por la industria. Se
traduce en la existencia de dióxido de azufre, monóxido de carbono, óxido de nitrógeno,
y muchas partículas en suspensión. Son elementos que alteran la composición de la
atmósfera y permanecen en suspensión en tipos de tiempo anticiclónico. Tanto en el aire
como una vez arrastrado al suelo por la lluvia, son nocivos para la salud, para el
patrimonio artístico y cultural, agricultura, etc.
Los efectos ambientales de la producción industrial son:
o Aumento del efecto invernadero que contribuye al calentamiento global del
clima.
o Desarrollo del agujero de la capa de ozono.
o Lluvia ácida. Los elementos que llegan a la atmósfera se combinan con el
oxígeno y reaccionan químicamente con el vapor de agua de la atmósfera. Esos
vapores de agua que contienen ácidos —conocidos comúnmente como lluvia
ácida— entran en el ciclo del agua y, por tanto, pueden perjudicar la calidad
biológica de bosques, suelos, lagos y arroyos.
o Cenizas en el ambiente de ciertas zonas que perjudican el nivel de vida
de las ciudades por la mala calidad del aire.
o Contaminación de aguas y suelos por vertidos industriales.
o Contaminación por residuos radiactivos generados durante el procesamiento
de combustible para los reactores de centrales nucleares.
o Degradación del paisaje.
En general son alteraciones por parte del ser humano de ecosistemas naturales que
comenzaron hace 12000 años y que desde la R. Industrial se han acelerado.
La preocupación por corregir los efectos medioambientales ha hecho que se realicen
conferencias y cumbres en las que se intenta poner solución, por parte de la comunidad
internacional, a estos problemas. Entre estas conferencias se encuentran:
• Conferencia de las N.U. sobre Medio Humano, Estocolmo, 1972
• La Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y el Desarrollo que presenta un
informe a la Asamblea General de la ONU en el que se expone el concepto de
“desarrollo sostenible”.
• Cumbre de Río de Janeiro, 1992
• En 2000 se da a conocer la Declaración del Milenio que establece las
estrategias de actuación para solucionar los retos de la humanidad.
• Cumbre mundial sobre Desarrollo sostenible, de 2002
• Cumbre Mundial de la Asamblea de las Naciones Unidas en 2005.