Cátaros, la Iglesia de las mujeres.

A principios del siglo XIII, el ideal de vida evangélica de los cátaros sedujo a gran número de mujeres, que ingresaron en casas comunitarias donde llevaban una vida de oración y de trabajo.
En los siglos XII y XIII, en los pueblos del sur de Francia surgieron casas habitadas por mujeres que llevaban una vida de oración y penitencia. Eran religiosas de la Iglesia de los cátaros, considerada herética por el papado. En 1147, Évervin, un monje premonstratense de la abadía de Steinfeld, próxima a Colonia, relató en una carta a Bernardo, abad del Císter, el juicio y la condena de los herejes a los que califica de «apóstoles de Satán». Sin duda se trataba de cátaros, los disidentes cristianos que en esas décadas de profundas transformaciones y reformas en el Occidente cristiano se habían propagado por el sur de Francia (Occitania), en el territorio comprendido entre Albi, Tolosa, Carcasona y Foix. Considerándose ellos mismos como los únicos herederos legítimos de la Iglesia de los Apóstoles, los cátaros acusaban a la jerarquía católica de haber traicionado el ideal de vida de las primitivas iglesias cristianas. Según Évervin, estos «apóstoles de Satán» habían captado adeptos por toda la región, y en particular entre la población femenina. «Tanto monjas como viudas, vírgenes y también sus esposas» formaban parte de esta «Iglesia» herética, «unas en calidad de elegidas, otras como creyentes, siguiendo así el ejemplo de los Apóstoles que estaban autorizados a llevar mujeres con ellos». El testimonio de Évervin refleja una particularidad del movimiento cátaro: el notable protagonismo que en él alcanzaron las mujeres, en contraste con lo que ocurría en la Iglesia católica oficial. Aunque a partir del siglo IV, las mujeres, y principalmente las diaconisas, pudieron ejercer ciertas responsabilidades y funciones pastorales, el diaconato femenino desapareció dos siglos más tarde, en la época merovingia. Para las mujeres, la vía más accesible de integración en la vida religiosa eran las órdenes monásticas. Sin embargo, los territorios del Languedoc no disponían prácticamente de comunidades femeninas, ni siquiera por parte de las nuevas órdenes religiosas que se fundaron tras la reforma gregoriana en el siglo XI: cartujos, premonstratenses, gramonteses... Ello influyó en la aceptación tan favorable que las mujeres occitanas manifestaron hacia la Iglesia cátara. Muchas acudían a las predicaciones de los «buenos hombres» cátaros (el equivalente a los clérigos católicos). Otras iban más lejos y se integraron en comunidades cátaras femeninas, semejantes en algunos aspectos a los conventos católicos. Así, hacia 1200, las mujeres de la mediana aristocracia de los castros de Carcasona y de Tolosa, casadas, viudas o solteras, podían entrar en la Iglesia cátara como «buenas mujeres». Cuando recibía el consolamentum, la futura «buena mujer» pronunciaba los votos monásticos de la regla cátara: obediencia, ascesis y pobreza. Sin embargo, pese al destacado papel de las mujeres en la vida de las comunidades cátaras, hay que reconocer que, durante la mayor parte de su historia, el catarismo, como disidencia típicamente medieval, también las excluyó de la jerarquía. Como las monjas católicas, las «buenas mujeres» cátaras no tenían derecho a predicar. Para las dos Iglesias, católica y cátara, la predicación era un ministerio reservado a los miembros de la jerarquía. Los últimos «buenos hombres» llegaron a afirmar que «todas las almas son buenas e iguales entre ellas y que el diablo había sido el responsable de la diferencia entre ellas cuando fabricó los cuerpos». Sin embargo, este aparente igualitarismo se dio tan sólo en los últimos tiempos de la disidencia.
Fuente: National Geographic